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Palabras de Mayra Montero en la inauguración de la instalación artística “A la luz de la memoria” en el 26 aniversario del asesinato de Carlos Muñiz Varela
En el aeropuerto de San Juan, hace muchos años,coincidí con Carlos Muñiz Varela,que a
la sazón se hallaba esperando un vuelo de exiliados cubanos que ese día regresaban
de Cuba. Se trataba quizás del segundo o tercer viaje de reencuentro, en un ambiente
de grandes presiones.
Corrían tiempos difíciles, los asesinatos de Maravilla nos mantenían horrorizados,y
él, a pesar de todo, tenía fe en aquel proyecto, seguía adelante con gran valor y
entusiasmo.
En esa ocasión, me contó una anecdota que le había ocurrido pocos días
atrás, precisamente cuando ese vuelo repleto de cubanos acababa de salir de Puerto
Rico. En la madrugada sonó el teléfono de su casa, y él se tiró de la cama lleno de
ansiedad. No se atrevía a contestar por miedo a que le dieran una mala noticia. Todos
sabiamos que en cualquier momento las amenazas podían consumarse. A nivel local,los
cuerpos de seguridad amparaban y alimentaban el terrorismo, y a nivel
internacional, ya se habían atrevido a derribar un avión civil bajo los cielos de
Barbados. Los familiares de las víctimas que homenajeamos hoy, saben de sobra lo que
se siente al perder a un ser querido por motivo del odio y de la intolerancia. El
terrorismo los mordió hace décadas, y en aquel entonces nadie se escandalizaba; nadie
dispuso que nos sacáramos los zapatos en los aeropuertos, ni se activaron niveles de
amenaza que iban del amarillo subido al rojo vivo. Estábamos desamparados ante el
acoso de aquellos que crecían sobre los lodos de la corrupción policiaca. Y prueba de
ello es la impunidad con que cometían sus crímenes y encima se ufanaban de ello. El
caso es que Carlos me contó que el teléfono sonaba, y el no se atrevía a
cogerlo. Hasta que por fin, llenándose de valor, acompañándose de un gesto que parece
que era natural en él, atendió aquella llamada. “Me subí los pantalones de la pijama” me dijo. “Es que a mi los pantalones del pijama siempre se me están cayendo.”
Ya no recuerdo el desenlace de la anécdota. Probablemente había sido una llamada sin
importancia; aquel que marcó el número equivocado. Pero yo me acordé de esas palabras
pocos meses después, la tarde en que llamaron a mi casa para decir que Carlos había
sido asesinado.
Son curiosas las asociaciones que hacemos en presencia de la muerte. Me acordaba de
su ademán de subirse el pantalón: no era mas que un muchacho, en cierto modo lo sigue
siendo. En nuestro caso,a pesar de estar conscientes de que se cocinaban días de
horror, no esperábamos una tragedia semejante; creo que nadie esperaba que las calles
de San Juan se convirtieran en una especie de reminiscencia de las calles porteñas
bajo la Junta Militar agentina, o reminiscencia de las calles de Santiago, cuando el
horror de Pinochet. O de las calles salvadoreñas cuando cayo Arnulfo Romero. Allí
murió Romero del mismo modo, acribillado por la misma clase de terroristas.
En una noche como las que nos convoca, aparte del homenaje a estas
personas, asesinadas vilmente por motivos políticos, me parece que es necesaria una
pequeña reflexión; ¿Estamos totalmente a salvo de que aquella locura, de aquel infierno de amenazas, de bombas, de insultos telefónicos y persecución? ¿Estamos seguros de que en Puerto Rico jamás volverá a imperar la ley de los trogloditas, de los ordinarios asesinos que entre trago y trago, todos sabemos donde, recogieron los billetes de la muerte, ese dinero con que pagaron a los ejeutores?
Me atrevería a decir que no hay nada seguro bajo el sol, y que hay que seguir en
guardia contra el fanatismo.
Yo no se si alguna vez se logrará la convicción de los asesinos de Carlos. Me
gustaría mirarlos a la cara y preguntarles qué consiguieron. Preguntale dónde están
ellos ahora y dónde está el espíritu de aquel flaco que encontraba el valor en su
pijama obrero.
Carlos sigue siendo el mismo: 26 años más vivo, más íntegro, más lleno de verdad y
razón. Los autores el crimen, los que todos sospechamos, son 26 años más viejos, 26
años más culpables, y sobre todo, 26 años más patéticos y derrotados.
La famila de Carlos Muñiz y el resto de las familias aquí congregadas no se resignarán
jamás. Pero uno va aprendiendo cosas cuando pasan los años; uno comprende, por
ejemplo, que el peor castigo para los culpables, más que el juicio o la cárcel, más que ser señalados abiertamente en los periódicos, es la certeza de que no ganaron, y de que morirán (uno ya murió) con la sombra de un asesinato atroz pesando sobre sus
cabezas. Es un secreto del que no pueden desprenderse, y que seguramente vuelve
algunas noches: cuando se desvelan, cuando se enferman, cuando sienten que el futuro se achica. Aquí estamos además nosotros para asegurarnos de eso; para apoyar esa mirada múltiple- la De Carlos, la de los demás víctimas- en la que juntos reclamamos justicia.
Ese es mi mensaje en esta noche: los criminales con su muerte lenta, nosotros con el
muchacho vivo. Con el plural de vidas que conforman esta singular instalación: el arte
de haber sido útiles, unido a la pasión de los atistas, que es el desesprado amor de la memoria.
Muchas gracias
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