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Un llamado a la esperanza
Por Rosa M. Mari Pesquera - Especial para En Rojo

Cuando lo mataron, ya era capitán de aviación. Además de aviones, sabía guiar botes, tenía licencia de manejar equipo pesado, buceaba, cazaba y pescaba, tenía un bachillerato en Ciencias Sociales, había trabajado construyendo casas de madera, sabía de mecánica de motores, tocaba clarinete y trombón y había comprado y vendido una finca en el centro del país. Tenía sólo 23 años.

Hace unos meses estuvimos en el sepelio de Laura Rivera, amiga entrañable que murió a los 23 años. Allí se realizó una sencilla ceremonia donde sus amigos y familiares la recordamos en todas sus dimensiones y capacidades. Cuando hice la asociación de que ambos, Laura y Chagui, contaban con la misma edad cuando murieron, me propuse hablar de él, “evocar la vida cristalina de un joven mártir de la independencia y el socialismo” como dijera mi padre en un artículo escrito a cinco meses de su asesinato.

De niño era travieso. Le gustaba el patio, la calle, el campo, los juegos al aire libre. Corría bicicleta, patines y organizaba juegos largos como los de chico paralizado y escondite. En mi calle, que quedaba paralela al río, esos juegos duraban largas horas, porque no había límites de dónde nos podíamos esconder y el que se quedaba a contar pasaba mucho trabajo buscándonos.

Chagui también fabricaba carritos de madera con ruedas de “cajas de bolas”. En esos carritos nos tirábamos cuesta abajo hasta que la cuesta se acababa y el carro paraba solo.

Le encantaban los animales. En la adolescencia tuvo un caballo que se llamaba Guerrillero y lo dejaba pastando en un solar frente a nuestra casa que todavía no habían construido. Recogió una perra que alguien había dejado en la esquina; pasó a ser nuestra mascota y la llamó Cuchita. La trataba con mucho cariño, jugaba con ella y la trepaba a la cama, cosa que no necesariamente era del agrado de mi mamá.

Chagui era una persona de avanzada, de los que siempre están adelante. Por él recuerdo haber conocido, por ejemplo, la música que iba saliendo en nuestra niñez y juventud. Por él conocí a Cortijo y su Combo y fue él quien llevó a casa el primer disco que yo recuerdo haber visto del Gran Combo, el del Caballo Bayo. Por él conocí más adelante a Jimmy Hendrix, a Jethro Tull, a Janice Joplin, a Crosby, Stills, Nash & Young, a Simon & Garfunkel, a Carlos Santana, Tito Puente y a muchos músicos de quienes compraba y coleccionaba discos.

Estudió clarinete en la Escuela Libre de Música y cuando salió ‘La Murga’ de Willie Colón, se compró un trombón de pistones. Una noche, en época de Navidad, debe haber sido el año 1973, estábamos en casa Mami, Raúl, Chagui y yo. Nos encontramos preguntándonos ‘¿qué hacemos?’, y Chagui sugirió iniciar una parranda. Buscamos a las parejas de cada cual, novios y novias, de manera que íbamos en el carro siete personas, de las cuales él tocaba trombón, yo guitarra y el resto güiro, maracas y palitos. Comenzamos en la Cooperativa San Francisco, donde vivían varios compañeros. Cuando Chagui tocaba el trombón, la gente se activaba de tal forma que se levantaban de las camas y se unían a la parranda según íbamos familia tras familia. De allí salió una caravana como de veinte carros para seguir dando parrandas y visitamos como a cuatro o cinco compañeros más y cada familia se unió y la caravana de carros se hizo larguísima.

Cuando tenía 17 años, asociado con dos primos, uno Pesquera y otro Mari, compró una finca. Le tuvo que pedir a Papá que lo emancipara para hacer la transacción por cuenta propia. La finca tenía 80 cuerdas en el Barrio Toro Negro de Ciales, el mismo barrio donde ahora yo tengo una finca. Todavía es un lugar hermoso, paradisíaco, pero en ese momento era prácticamente inaccesible. Había que cruzar tres ríos y el camino era de tierra. Pero ellos, Chagui y los primos, tuvieron la visión y el atrevimiento de comprar esa finca, de convertirse en propietarios, a una edad en que la mayoría de los jóvenes está todavía casi jugando.

Entró a la Universidad de Puerto Rico en el 1970. En el 1974, ya había terminado su bachillerato. No tardó ni un semestre más, a pesar de que durante ese tiempo trabajaba en construcciones, manejando camiones y tomaba los cursos de aviación que daban en Isla Grande Flying School. Participó en las actividades universitarias. Particularmente lo recuerdo en la huelga de 1973 haciendo guardia de noche, participando en las asambleas de facultad que se daban todos los días frente a la Residencia de Varones y haciendo carteles alusivos al sentimiento estudiantil que motivó la huelga. Como parte de su trabajo universitario hizo una investigación sobre la adaptación de un migrante corso a la economía de Puerto Rico. Rebuscó papeles y documentos de la familia Mari y escribió un interesante ensayo que, luego de su muerte, el profesor le entregó a Papá y lo publicamos en un folleto que se le repartió a toda la familia.

Participó también en la lucha contra el Servicio Militar Obligatorio. Fue de los jóvenes vanguardistas que durante la Guerra de Viet Nam escalonaron el desafío negándose a inscribirse en el SMO al cumplir los dieciocho años de edad. Nunca se inscribió.

Cuando se graduó de la universidad, vendió la finca para financiar sus estudios de aviación comercial en Tulsa, Oklahoma. Regresó con las licencias requeridas para ser capitán de aviación comercial y trabajó hasta su muerte en una pequeña línea aérea de carga.

Siempre fue cariñoso y familiar. Era loco con Mami y se lo demostraba constantemente con besos, abrazos y expresiones cariñosas. Con mi abuelo también era especial. Varias veces mi abuelo, quejándose de mí, me dijo que Chagui nunca se olvidó de darle un beso y pedirle la bendición antes de dormir.

Cuando regresó de estudiar, vino hablando de la falta que le había hecho su familia y de la importancia de continuar haciendo actividades juntos. Mi hijo Kacho, que fue el único sobrino que llegó a conocer, ya había nacido. Le gustaba llevárselo a pasear y hacerse cargo de él.

Estaba listo para formar una familia. Al momento de su muerte, ya le había comentado a Papá que le iba a proponer matrimonio a su novia y, luego de su muerte, la novia nos confirmó que se lo había pedido.

Qué muerte tan inesperada. Qué sentimiento tan cruel y despótico puede motivar un asesinato como este. Qué golpe tan bajo y tan ruin.

Pero así de ruin como son los sentimientos que motivaron su asesinato, así de glorioso es su recuerdo. Porque su figura se eleva a la categoría de mártir que abona con su sangre la formación de la patria, la formación del Puerto Rico que queremos para todos los puertorriqueños y los que conviven con nosotros en esta islita. Un Puerto Rico donde no quede espacio para la injusticia y el asesinato. Un Puerto Rico donde sean los puertorriqueños los que dirijan su propio destino.

Por eso recordamos hoy a Chagui. Por eso exigimos el esclarecimiento de este asesinato. Porque ahí está la raíz de nuestra situación colonial. Si Puerto Rico es capaz de ver claramente cómo una institución como el FBI llega al colmo de organizar, fomentar, permitir y encubrir un crimen como este, puede llegar a verle la cara a su propia situación.

Yo perdí un hermano. Pero Puerto Rico perdió un hombre de trabajo, emprendedor, visionario y valiente. Puerto Rico perdió una vida fructífera que no podemos aquilatar cuánto hubiera aportado porque la troncharon. Si a eso le añadimos que la motivación de este crimen es con el fin de manipular política y emocionalmente al independentismo y, entre ellos, a mi padre en particular, si a eso le añadimos que es el FBI con su política represiva quien le da forma, fomenta y encubre este asesinato, podemos concluir que con este crimen perdimos todos los puertorriqueños. Justicia merece Chagui, justicia merece Puerto Rico.

Y el FBI debe saber por qué escogió a Chagui para darle un golpe a mi papá y al independentismo. El FBI sabía sus actividades, conocía sus talentos y sus movimientos desde el mismo día en que nació. Así consta en la carpeta de Mari Brás, donde anotaron su nacimiento para el récord tan pronto ocurrió. Y de ahí en adelante lo mantuvieron en su mirilla, como nos mantenían a todos en la familia. Cada uno de nosotros cuenta con enormes carpetas de las que preparó la Policía de Puerto Rico por encargo y bajo la dirección del FBI. Pero fíjense qué ironía, la de Chagui nunca apareció.. La familia la reclamó y aparece una tarjeta indicando que había carpeta, pero no aparece la carpeta.

Por otro lado, en mi carpeta aparece claramente que los agentes que la consultaron fueron todos del FBI. La de Chagui debe haber sido igual.

Se le ha pedido al FBI por medio del Freedom of Information Act que dé a conocer los documentos que tienen sobre el asesinato de Chagui y han entregado muy pocos y los que han entregado están tachados, no se puede leer el contenido. ¿Qué ocultan, qué esconden?

¿Por qué los puertorriqueños tenemos que estar sometidos a la fuerza bruta del FBI? ¿Por qué tenemos que aceptar que nos violen los derechos, repriman nuestras expresiones y hasta nos ejecuten y asesinen?

A los asesinos les decimos que no, que la muerte no puede acabar el amor, ni el propósito de una vida. La muerte es muy pequeña para acorralarnos.

Por eso llamamos a la esperanza. Ese debe ser nuestro mayor sentimiento en este momento. Esperanza de que Puerto Rico se reconozca a sí mismo, que reconozca su verdadero proyecto y descarte los proyectos obligados por fuerzas contrarias a nuestro verdadero sentir. Que el país detecte sus enemigos, las fuerzas que lo niegan, las fuerzas que recurren a lo más vil e inescrupuloso para intentar manipular su desenlace inevitable, que no es otro que la libre determinación y la independencia. Mantengamos la esperanza, mientras trabajamos el futuro. Exijamos justicia para Chagui y Justicia para Puerto Rico.

Fuera el FBI. Alto a los asesinatos de independentistas y alto al encubrimiento.

Que viva Chagui para siempre en la memoria de este pueblo. ¡Que su sangre abone a la conciencia de una patria libre y soberana! ¡Que vivan los héroes y mártires de la patria puertorriqueña¡

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